A cuarenta años de su muerte, Jorge Luis Borges sigue siendo objeto y protagonista de libros y lecturas: una producción incesante para un escritor inagotable.
Borges, un destino sudamerican o, Sylvia Iparraguirre vuelve sobre una obra que conoce desde la adolescencia y propone leerla a contrapelo de su consagración: detrás del escritor universal recupera al Borges profundamente argentino y porteño, formado en una cultura periférica que convirtió esa posición en una extraordinaria libertad.
Alumna suya en la Universidad de Buenos Aires, Iparraguirre combina una extraordinaria lucidez para el análisis con la memoria personal, poniendo al escritor en diálogo y en contexto con las tradiciones y la historia literaria. Así, reconstruye el camino que lo llevó desde el criollismo y las vanguardias de los años veinte hasta los grandes cuentos que transformaron la literatura del siglo XX.
Hay una paradoja en el destino de Borges: cuanto más cosmopolita se volvió su obra más pareció alejarse del mundo concreto en el que había sido escrita: la consagración internacional terminó por fijar la imagen de un escritor casi abstracto, habitante de bibliotecas infinitas y problemas metafísicos, desprendido de una geografía y una historia. Iparraguirre parte de la operación inversa: su libro busca devolver a Borges a Buenos Aires, a las discusiones de la literatura argentina, a la gauchesca y al Martín Fierro, a las vanguardias, al arrabal, a las polémicas sobre la lengua y a la particular posición de quien lee la cultura universal desde sus márgenes.
No se trata, advierte, de una reivindicación nacionalista: es precisamente dentro de la literatura argentina, donde Borges polemizó, produjo rupturas y alteró el orden existente, que su obra recupera toda su dimensión. Ese es uno de los grandes ejes de Borges, un destino sudamericano: lo argentino y lo universal no aparecen como términos opuestos.
Borges puede leer a Berkeley, Stevenson, Kafka o la Cábala y, al mismo tiempo, volver una y otra vez al Martín Fierro, al compadrito, al truco, al coraje, a las orillas y a la llanura. Iparraguirre muestra cómo construye una suerte de doble biblioteca en la que lo propio y lo universal se contaminan mutuamente.
De esa certeza surge también una de sus afirmaciones más provocadoras: la idea de que los escritores argentinos no deben someterse a una tradición local ni europea, porque pueden apropiarse de toda la cultura occidental. El libro propone además revisar la cronología del Borges que solemos considerar decisivo.
Iparraguirre vuelve especialmente sobre el joven criollista de los años veinte y comienzos de los treinta -incluso sobre libros que el propio Borges luego repudió- porque sostiene que allí ya está, en germen, mucho de lo que llegará después . Antes de Ficciones y El Aleph aparecen la conciencia de la periferia, la irreverencia ante las jerarquías culturales, la preocupación por la lengua argentina y una libertad que terminará por desarmar las fronteras entre cuento, ensayo, biografía, reseña y comentario bibliográfico.
Pero hay todavía otro Borges central en estas páginas: el lector. El escritor capaz de mezclar tradiciones y géneros fue antes un lector sin prejuicios, dispuesto a apropiarse de cualquier texto y a leerlo fuera de las jerarquías establecidas. En “Pierre Menard, autor del Quijote”, Iparraguirre encuentra incluso una teoría radical de la lectura: los libros cambian porque cada época y cada lector vuelven a producirlos desde un contexto diferente.
Ese principio define también este ensayo: Iparraguirre no pretende establecer el Borges definitivo. Escribe, dice, un libro “personal y hasta íntimo”, la crónica de una lectura comenzada a los quince años y prolongada durante toda una vida . En esa historia ocupa un lugar excepcional haber sido su alumna en la UBA y haber conocido de cerca un Borges para nada solemne y humorístico, muy distinto del monumento que construiría después la fama.
S El Borges que aparece en tu libro está mucho más ligado a la historia y a la realidad argentina de lo que su imagen de escritor metafísico suele sugerir. ¿Qué perdemos cuando lo leemos sin Buenos Aires, la gauchesca, las disputas por la lengua, la inmigración, el arrabal?
- Tu pregunta me permite la formulación inversa que, por otra parte, es la base desde la cual pensé el libro: ¿qué ganamos cuando lo situamos en el contexto natural en que vivió, leyó, tradujo, se enamoró, polemizó y escribió? Considero que le damos su dimensión merecida. Borges sale por primera vez de la Argentina a recibir un premio literario a los sesenta y dos años.
Y volvió y siguió escribiendo en Buenos Aires, ciudad que puso en el centro de su obra. Y los temas que mencionás son las ocupaciones y preocupaciones de su juventud porteña. En las décadas iniciales del veinte y treinta, escribió, tradujo libros y colaboró en cantidad de revistas con una participación de una intensidad que asombra. Publicaba donde le proponían: tanto en Obra , revista del gremio de los subterráneos, en el diario popular Crítica , o en Sur .
Codirigió la revista multicolor de los sábados”, que competía con El mundo , donde Arlt publicaba sus aguafuertes. Estos espacios, muchos sin pretensiones de prestigio literario, nos dicen algo más de Borges: estaba liberado de prejuicios culturales, del mismo modo que no había para él literatura alta o baja. Tenía muchísimo para decir y lo decía donde se le presentaban la ocasión. Leía hasta quince libros entre una colaboración y otra para El Hogar .
Botana le pidió “algo policial” para competir con Arlt y Borges le dio los artículos que formarían Historia universal de la infamia. No necesitaba nombres ni contextos consagrados. Y esto sucedía en una ciudad muy inquieta, que se asomaba con fervor, para usar su palabra, a la modernidad. Y los jóvenes eran el centro de la transformación.
Se juntaban en las redacciones y escribían contra “lo viejo” en polémicas y burlas que mezclan la impronta surrealista con el lunfardo, epitafios humorísticos y discusiones sobre poesía. Borges pertenece a ese mundo, participando de todo con una iconoclastia y un desparpajo que hoy sorprenden. Sin esa realidad que fue la suya, se desmaterializa. El contexto le da, a la lectura de su obra y a él mismo, otro sesgo, una dimensión concreta.
Si no, pasamos a su iconografía más difundida: la del escritor ciego, con su bastón, mirando un improbable horizonte, como diría él. Una de las hipótesis que atraviesan el libro parece ser que Borges no se hizo universal a pesar de escribir desde la periferia, sino en buena medida gracias a ella. ¿Es así? ¿Qué libertad le proporcionó escribir desde los márgenes de las culturas hegemónicas?
- Con respecto a la literatura Borges nació libre y se sintió libre desde siempre. Es su singularidad. La literatura, las religiones y la filosofía, constituyen para él, desde que era adolescente en Ginebra, un único y casi infinito campo textual por donde se desplaza con autonomía completa. Ahí propone ficciones, ensaya combinatorias insólitas, paradojas y correspondencias.
Va y viene a placer, creando mundos metafísicos o fantásticos en los que se cruzan Cruz y Fierro, el truco o un compadre orillero. Se movía con soltura inédita y humor constante. Cuando Borges empieza a publicar, Buenos Aires era conocida en Europa por el engominado gaucho con látigo de Rodolfo Valentino, las vacas, y los hacendados que viajaban a París a tirar manteca al techo.
En esos años, los años veinte de la vanguardia, da vuelta la literatura argentina, cambia los parámetros y la proyecta al futuro. Junto con Arlt. Escribe y piensa la literatura y nuestra literatura desde nuestro lugar periférico, que era su lugar en el mundo. En el prólogo a El tamaño de mi esperanza , de 1926, dice que “a los criollos les quiere hablar y no a los que creen que el sol y la luna están en Europa.
Visto desde las culturas centrales, desde París o Nueva York, Borges fue un “raro”, un descubrimiento. Hoy la universalidad opaca esa idea, pero leer la obra borgeana a comienzo de los sesenta, sorprendió y maravilló. La difusión normalizó a Borges. Críticos y pensadores, sobre todo franceses, tomaron sus cuentos y ensayos a mansalva: Barthes, Foulcault, Gilles Deleuze.
En los setenta hubo una eclosión de Borges. Todos querían saber de él. Mientras tanto, nuestro escritor, décadas atrás y en la periferia, escribía extraordinarios textos sobre europeos de la ilustración como John Wilkins, o historias que remitían al Islam o a la Cábala, sintiéndose en perfecta libertad de hacerlo. Sostenés que en el Borges de los años veinte y hasta 1935 “está todo lo que Borges llegaría a ser”, incluso en libros que después repudió.
¿Qué encontraste allí que obliga a revisar la idea de que el gran Borges comienza con los cuentos de los años treinta y cuarenta? - El rechazo de Borges a tres de sus primeros libros de ensayos tiene varias explicaciones, pero lo que sin duda le molestaba era el alboroto de las polémicas, el desparpajo insolente, el criollismo verbal deliberado y provocativo, su argentinismo de diccionario, como dijo más tarde. Pero las ideas ya estaban.
Más allá del estilo irreverente, estoy segura de que el Borges mayor no podría haber refutado casi ninguna de las ideas de aquel joven de veinticinco años. En sus primeros libros y en las conferencias que da en esos años está el Borges que remite a su preocupación por la tradición literaria argentina y por el lenguaje de los argentinos.
Son cuestiones locales pero que están definiendo algo de base que después será nada menos que la literatura argentina contemporánea, que no se entiende sin él y sin Arlt: todos somos hijos de Borges y de Arlt. Borges se reía del chovinismo y declara que la nacionalidad de un libro o de un cuento no está en el tema sino en el lenguaje propio del escritor. En nuestro caso, el rioplatense, que defendió contra la opinión española.
Esto ahora parece obvio, pero no lo era en aquel momento en el que pesaba el criterio que el “hablar y escribir bien” lo dictaba el diccionario de la Real Academia. En 1969 dice sobre su primer libro: “Para mí, Fervor de Buenos Aires, prefigura todo lo que haría después”.
Rompe el provincianismo en que está envuelto el “parnaso local” , mientras ejerce una especie de terrorismo crítico contra Lugones, en la cúspide de la cultura oficial, a quien llaman, don Leogoldo Lupones. Hay una leyenda: que Lugones lo buscaba para batirse a duelo con él y que lo disuadieron diciéndole que era un muchacho que usaba lentes. ¿Y hasta dónde llega ese Borges de los años veinte y treinta?
- Si vas casi treinta años más adelante, en 1953 Borges publica “El fin” y salda su lectura del Martín Fierro, que viene desde la adolescencia. Mejor dicho, desde la niñez, ya que cuenta que su madre le prohibió leer el Martín Fierro y él lo leyó a escondidas en la azotea. Su padre y su hermana Norah lo recuerdan, a los dieciséis, recitando a los gritos en un anfiteatro romano de Verona los versos gauchescos de Ascasubi.
En el magistral “La intrusa”, de 1970, Borges vuelve a esos ámbitos en que los personajes viven en medio de una “barbarie monótona”. Y esto, los bordes de Buenos Aires, sus personajes, siguen conviviendo con Jaromir Hladík de “El milagro secreto” o con el tiempo circular o las milongas. Es Borges, del comienzo al fin.
Hay un texto de un crítico muy agudo y profundo, George Steiner, que cuando habla de los gauchos a los que Borges se refiere, menciona sus “baladas”. Se trata de una traducción del inglés al español, pero es notorio que el traductor no encontró equivalente para “payada”. Borges se habría divertido con esto. En tu lectura de “Pierre Menard” sostenés que cada época recrea los libros porque inevitablemente los lee desde otro presente.
¿ Borges, un destino sudamericano es también, en ese sentido, tu manera de producir un nuevo Borges para nuestro presente? - Entiendo tu pregunta, pero producir un nuevo Borges, de cualquier índole, me parece imposible. Es imposible cerrar a Borges bajo cualquier aspecto o intención. Siempre se escapa, se escabulle, propone o formula algo más.
Nunca se logra abarcarlo. Durante la escritura de este libro, que tiene la mitad de páginas del original, me perseguía la impresión de que a lo escrito debía agregar algo más, debía traer más Borges a Borges. Y aunque lo hacía y encontraba la idea y la cita, eso lo llevaba todavía más allá. Pero quiero agregar algo más sobre “Pierre Menard, autor del Quijote”.
El cuento anticipa en treinta años lo que en teoría crítica de la literatura se llama la “estética de la recepción”, creada en Alemania por Jauss e Iser, a mediados de los años sesenta y que pone en el centro al lector. Un libro se actualiza en la lectura que de él se hace en las diferentes épocas: el Quijote que leemos no es el mismo Quijote que leyeron los contemporáneos de Cervantes.
Entre ellos y nosotros han pasado siglos de guerras, descubrimientos y ciencia y es otro lector el que lee. Recordemos que Borges fue uno de los más lúcidos, si no el más lúcido, de los críticos literarios que hemos tenido. Volviendo al comienzo, admito la intención de acercar Borges a aquellos que lo consideran “difícil”; repasar cuentos, ensayos y poemas y mencionar sus fuentes, ampliar el horizonte de lectura.
El único mérito que me puedo atribuir es que siempre fui y sigo siendo una lectora curiosa. Y Borges lleva a un lector curioso a destinos inesperados. Es cierto, leemos a Borges hoy desde otro presente, pero no tan lejano como el de los clásicos.
A cuarenta años de su muerte, Borges no admite esa separación porque su asombrosa imaginación creadora anticipa aspectos de nuestro puro presente: Google en el Aleph, ya es como un lugar común decirlo, el multiverso de los tiempos paralelos, aspectos de la física cuántica, y cuestiones centrales de la teoría y de la crítica de la literatura y el pensamiento, que hoy nos son completamente contemporáneos. Sostenés que Borges contribuyó decisivamente a crear la cultura literaria argentina contemporánea a partir de una “doble biblioteca”, la de lo autóctono y la de lo universal.
¿En qué sentido no sólo escribió una obra, sino que cambió las condiciones desde las cuales podía escribir un escritor argentino? - La doble biblioteca es la descripción de la biblioteca del propio Borges, que se pasea sin pestañear de Ascasubi y el tango a Berkeley y a Averroes, y de ahí a Asunción Silva y a Carriego, de Vicente Rossi a Cervantes y a la Cábala y de ahí a las antiguas literaturas germánicas o a los gnósticos.
Y es así como leemos los escritores y lectores argentinos y los americanos en general. Es una cuestión histórica que él mismo analiza y discute: la colonización de España nos dejó algo inapreciable, la lengua. Pero esa lengua, y acá coincide Borges casi palabra por palabra con Echeverría, la aceptamos, dicen, con la condición de transformarla, de adaptarla para que diga nuestra múltiple realidad de americanos.
En ese sentido, nos pasó desde el principio como le pasó a Mariano Moreno, a Belgrano, a San Martín que leían a nuestra geografía en los libros de los viajeros ingleses y al romanticismo en autores europeos. Todavía no teníamos escritores ni cartógrafos que nombraran nuestra realidad, hasta que los tuvimos en Echeverría, Sarmiento, en Mármol, en Hernández, en Gutiérrez.
Y nos quedó esa libertad de leer lo propio y lo ajeno que es la condición básica del escritor para no quedar encerrado y limitado en su propia cultura. Y, de paso, éste es el tema del cuento “La busca de Averroes”. Tu libro muestra que Borges no recibe pasivamente la tradición europea: la lee, la mezcla y la reorganiza desde Buenos Aires.
¿Podría decirse que su cosmopolitismo no consiste en escapar de Sudamérica sino, exactamente al revés, en mirar el mundo desde Sudamérica? - Creo que es exactamente así.
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