Relato criminal, thriller académico a la manera de Donna Tartt y moderna autoficción son las tres vertientes de “Las pruebas de mi inocencia”, la extraordinaria novela en la que Jonathan Coe disecciona a la ultraderecha conservadora británica.
En las novelas del escritor inglés Jonathan Coe -entre otras, las premiadas Bournville, El club de los canallas, El círculo cerrado -, hay un análisis profundo de algún momento histórico de la Inglaterra de los siglos xx y xxi.
Las pruebas de mi inocencia no es una excepción: el autor la dedica a diseccionar narrativamente la extrema derecha conservadora inglesa en la actualidad. Como siempre, Coe escribe en las fronteras de varios géneros y con una paleta de recursos literarios enorme . El resultado es una historia coral, divertida, emocionante, prodigiosamente compleja a nivel argumental, y cargada de una ironía intensa, amarga y deliciosa que la hace inolvidable.
La trama principal es una historia “criminal” que investigan en paralelo una inspectora policial y varios aficionados. Cada una de las tres partes en las que se divide está precedida por una ilustración, una tapa de un libro en la que aparecen el título, el autor y un género definido: “Un agradable relato criminal”, “Una historia del ámbito académico más oscuro” y “Un ensayo de autoficción”.
Tres géneros para construir un universo de ideas, aventuras y citas culturales en una prosa de inteligencia deslumbrante. Los títulos de las tres partes provienen del mismo mensaje repetido muchas veces en los viajes ferroviarios de varios personajes, en el que, la policía pide a los pasajeros que, si ven “algo que no les parece bien”, lo denuncien: “Lo ve ; Nos los cuenta ; Y asunto solucionado ”.
Esa división en tres es clásica, aristotélica, pero como todo en Coe es más complejo de lo que parece, también podría decirse que, con el Prólogo y el Epílogo, fechados en 2022 y 2024 e indispensables para entender el “caso”, la división es en cinco, como los dramas de Shakespeare. Por otra parte, como siempre en la contemporaneidad, hay una conversación completa sobre la “estructura”, en la que un escritor dice que la historia general es “la que vine al mundo a contar” y que tiene “una bonita estructura sin cabos sueltos”.
Pero todo es debate aquí e inmediatamente, un personaje le dice que no, que en realidad hay “muchos cabos sueltos”. Coe afirma así que ninguna estructura es perfecta, pero también que, para contar ciertas cosas, hace falta más que una. En la última parte, donde Phyl y Rashida, las dos amateurs que “investigan” el crimen, se habla de escribir un libro en tres formas diferentes.
Con solo mirar el índice, queda claro que esa es una descripción perfecta de Las pruebas de mi inocencia : la primera parte está narrada en tercera persona; la segunda, en primera por un hombre; la tercera, podría describirse como un diálogo entre dos mujeres. Y la historia no funciona sin el aporte de todas esas voces, más las ilustraciones, incluyendo una pista principal: el papelito que escribe la víctima antes de morir.
Coe apela a muchos clichés del género “criminal”, como lo llama: el cuarto cerrado por dentro, pasadizos secretos, identidades confusas, pistas que solo se entienden al final y resúmenes del caso.
Y combina esos recursos con otros mucho más contemporáneos como sucede en el momento en que una de las narradoras, después de decir que no le gustan los libros que se alejan de la “realidad”, se dirige directamente a los lectores y les avisa que lo que va a contar en ese momento es algo que no vieron en persona ni ella ni su compañera de aventuras; acto seguido, se pregunta cómo puede contarlo entonces y su respuesta es: “Voy a emplear la facultad humana más perseguida y desacreditada: la imaginación”.
Después de lo cual, en una evidente marca de final, la novela vuelve a la tercera persona del comienzo. Toda la historia es un divertimento de ritmo muy disfrutable para quienes amamos el género “criminal”, pero el tema principal es muy serio y muy actual: una descripción cruda, amarga de la extrema derecha occidental que creció a partir de Thatcher , un grupo marcado por el individualismo extremo, la crueldad, el odio al progresismo y un egoísmo feroz, todos síntomas muy fáciles de relacionar con varios gobiernos del mundo, incluyendo al argentino .
En la novela, los conservadores se sienten con derecho a romper todas las reglas y desprecian profundamente a los diferentes, es decir a los inmigrantes, las mujeres o los pobres, y eso, que enorgullece a todas las derechas, está acentuado aquí por la existencia de la aristocracia y la monarquía inglesas, tema que Coe desarrolla especialmente cuando describe los sentimientos de varios personajes en el entierro de la reina Isabel II.
Un buen ejemplo del conservadurismo en acción es el episodio sobre “la charla” que deberían tener todos los padres con sus hijos en la adolescencia: no, no se trata de explicar la cuestión del sexo sino de que entiendan que “lo único” que hay que saber en la vida es “cómo ganar dinero y cómo conservarlo”. Interesante es el título, que juega con el hecho de que la palabra “prueba” significa cosas muy diferentes según el campo de conocimiento en que se la use.
Y por supuesto, Coe también se da el lujo de plantear más de una vez la cuestión complicada de la relación entre la supuesta “realidad” que compartimos como seres humanos y la forma en que la modifican y traicionan las palabras que usamos para hablar de ella, palabras de las que deberíamos desconfiar constantemente.
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