Más allá del apocalipsis: los riesgos reales de la IA que ya están ocurriendo

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Más allá del apocalipsis: los riesgos reales de la IA que ya están ocurriendo
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Mientras los dueños de estas empresas advierten sobre escenarios catastróficos, especialistas de la UNC sostienen que ese discurso distrae de los daños concretos: concentración de poder, pérdida de capacidades cognitivas, impacto en el empleo y en el ambiente, y sesgos que ya afectan a los usuarios.

Mientras los dueños de estas empresas advierten sobre escenarios catastróficos, especialistas de la UNC sostienen que ese discurso distrae de los daños concretos: concentración de poder, pérdida de capacidades cognitivas, impacto en el empleo y en el ambiente, y sesgos que ya afectan a los usuarios.

La inteligencia artificial ya presenta resultados con impacto, más allá de los pronósticos de catástrofe. Los miedos sobre el alcance de la IA escalaron fuerte en los últimos días.

Exempleados de empresas como OpenAI e incluso el propio Dario Amodei advirtieron sobre un escenario catastrófico donde la inteligencia artificial podría tomar el control de internet y provocar la extinción humana.reducir la velocidad y fijar reglas para evitar que estas amenazas existenciales se concreten. Sin embargo, para muchos este miedo a que las “máquinas tomen el control” es infundado, y las empresas lo están utilizando como distracción frente a otros daños que la IA ya puede estar provocando.

“Mucho de esto es humo, en parte para tapar otros riesgos que son mucho más concretos, que no tienen que ver con una toma del poder. Y en parte, quizás, es para que estas empresas consigan más financiamiento”, apunta Javier Blanco, docente investigador de la Universidad Nacional de Córdoba y experto en filosofía de la tecnología. Redacción La Voz Beatriz Busaniche, directora de la Fundación Vía Libre, cree que estas declaraciones son publicidad encubierta.

“OpenAI y Anthropic están por salir a bolsa, por lo que parece más una jugada deLa pregunta es: ¿cuáles son los riesgos reales detrás de la IA, esos que ya están presentes? A Blanco le preocupa más el riesgo de que estas empresas sigan acumulando poder.

“Ya no es riqueza, porque estamos en una economía que no se basa solo en tener bienes, sino en manejar los flujos informacionales. El problema es quién se apodera hoy del poder que estas tecnologías están generando”, apunta. La concentración de poder y de información no es nueva, pero la IA parece haberla llevado al extremo.

Blanco señala que estas empresas ya no solo tienen acceso a toda internet y a los datos privados a los que nosotros damos acceso, sino que están dentro de la producción de armas, el análisis financiero y los servicios de inteligencia.

“Muchos de los actores que se están beneficiando tienen discursos preocupantes, como que la libertad y la democracia son incompatibles. Promueven un tecnoliberalismo, pero en el que ellos pueden crear estos sistemas como quieran, y el resto podrá usarlos mejor o peor”, apunta Blanco. Varios expertos entienden que las inteligencias artificiales como ChatGPT están provocando un sedentarismo cognitivo.

“Cuando uno cede todo el tiempo una cierta capacidad a un dispositivo tecnológico, de a poco esa capacidad se va oxidando y se pierde”, comenta Diego Fernández Slezak, referente del mundo IA en Argentina e investigador de la Universidad de Buenos Aires. Slezak plantea que eso no necesariamente es malo, porque capacidades perdidas también pueden dar lugar a nuevas capacidades.

“La pregunta es: ¿hasta qué punto? ¿Cuáles son esas capacidades que queremos conservar? La clave es ser crítico y consciente de eso”, señala. detectó una disminución del 47% en la actividad cerebral de alumnos que hacían su tarea con ayuda de ChatGPT, frente a quienes no habían usado IA..

“La evidencia científica muestra que, lejos de favorecer el aprendizaje, lo perjudica: disminuye nuestra capacidad de pensar”, dice el documento. Incluso algunos leen el avance de la IA como si fuera un “virus cognitivo”: si su uso comienza a propagarse entre personas, escuelas, instituciones y empresas, llegará un punto de no retorno en el que seremos tan dependientes de esta tecnología al punto de que recuperar nuestra autonomía cognitiva será casi imposible.

La salida, según quienes estudiaron esta hipótesis , no es evitar el contacto con la IA, sino “preservar las prácticas y las instituciones que mantienen activa la cognición humana: la resolución no asistida de problemas, la verificación, la discusión crítica, períodos de desconexión deliberada y el mantenimiento de habilidades no basadas en IA”. Uno de los grandes miedos hacia la IA es que nos reemplace y nos quedemos sin trabajo.

Por el momento, lo que está ocurriendo es un aumento de la productividad, cuyas ganancias se distribuyen de manera inequitativa.

“Hay un enorme aumento de productividad. La hora de trabajo produce mucha más riqueza que antes. La pregunta es: ¿adónde va esa riqueza? ¿Quién se queda con el excedente?

Por el momento, los costos de adopción de la IA los están pagando los trabajadores y las ventajas se las quedan los dueños de las empresas”, comenta Blanco.sobre 321 ocupaciones en EE. UU. muestra que las empresas capturan las ganancias de productividad de la IA, pero no con recortes masivos de personal, sino frenando los aumentos salariales.

Los trabajadores en empleos más expuestos a la IA y esa demanda se duplicará en 2030,El consumo de agua también es importante, aunque los países están comenzando a exigir equipos más eficientes. Un estudio calculó que por cada MWh consumido por los centros de datos de EE. UU. se necesitan 7,1 metros cúbicos de agua.

Los datacenters preparados para inteligencia artificial utilizan procesadores especializados y una infraestructura diseñada para manejar grandes volúmenes de datos a alta velocidad. Blanco reconoce que los modelos actuales son ineficientes.

“La IA funciona con fuerza bruta de reconocimiento estadístico de patrones, y eso demanda mucho poder de cómputo y energía”, explica. En su momento, cuando corrieron rumores sobre la instalación de grandes centros de datos en Argentina, Busaniche fue contundente: “Es extractivismo puro y duro”. Y reclamó más regulaciones de protección ambiental, auditorías permanentes de consumo energético e hídrico, y que luego se ocupen de las tareas reparatorias del impacto ambiental.

“¡Eso está hecho con IA! ”, es una frase que se repite frente a imágenes y a videos que circulan en redes sociales. La capacidad de estos sistemas para “crear realidades” es tan grande que resulta difícil dimensionar su poder de manipulación. Pero esa influencia no es neutral: está plagada de sesgos heredados de quienes desarrollan cada tecnología y de los datos con los que se entrena.

El resultado puede traducirse en desinformación y discriminación. Laura Alonso Alemany, docente investigadora de la UNC y especialista en procesamiento del lenguaje a través de la IA, señala que esto impacta especialmente en los países menos desarrollados.

“Cuando usamos estos modelos desde América latina aparecen muchos estereotipos que pueden producir daños representacionales”, señala. Y ejemplifica con una prueba que hicieron en un modelo que representaba a las escuelas rurales de la región con pisos de tierra y sin electricidad; y de sus alumnos, mencionaba que debían acarrear baldes y ordeñar vacas.. Pero Alonso Alemany señala que las empresas no han hecho nada por resolverlos.

“No se están aplicando las leyes de no discriminación que en muchos países como EE. UU. y Argentina tienen rango constitucional. No se emprenden acciones legales cuando se detectan casos sistemáticos y solo se decide retirar el modelo”, apunta la especialista. Según Alonso Alemany, los usuarios deben estar atentos a posibles sesgos y determinar si es algo sistemático, para darlo a conocer y realizar una queja formal del caso.

“No estamos discutiendo cómo funcionan las tecnologías. No hay ninguna forma de que este pánico que nos presentan como hipótesis de destrucción masiva funcione si uno entiende cómo funcionan las cosas. Y mientras corremos atrás de esa agenda, estamos perdiendo la oportunidad de entender estas tecnologías, que tienen un potencial de mejorar la productividad, que tienen impacto social, político y económico”, reflexiona Busaniche.

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