La oportunidad histórica puede pasar de largo

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La oportunidad histórica puede pasar de largo
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El reto para la Argentina poslibertaria es tan espinoso como urgente: además de reconstruir el país, será indispensable ejecutar una estrategia de desarrollo que no solo aproveche la demanda creciente sobre los recursos disponibles sino que impulse la complejización de la estructura económica.

De acuerdo con las proyecciones de distintos especialistas, este año las exportaciones de bienes de la Argentina superarán por primera vez la barrera de los 100.000 millones de dólares, impulsadas por dos factores principales: la consolidación de las inversiones en el sector energético y minero —el efecto combinado de Vaca Muerta y el crecimiento del litio— y una temporada agrícola destacada, en particular por la cosecha de maíz.

Como resultado, se espera cerrar 2026 con un superávit comercial muy significativo, superior a los 20.000 millones de dólares. Este récord se dará en un marco sin precedentes, llamativamente poco señalado en un país donde por años fue moneda corriente hablar de “ viento de cola ” para explicar el crecimiento en la posconvertibilidad: la Argentina cuenta con los mejores términos de intercambio de su historia moderna, es decir, la mejor relación entre los precios de los bienes que exportamos y los que importamos.

Sin embargo, esa buena noticia corre el riesgo de diluirse en el desaguisado de políticas que hoy orienta la economía nacional. La magnitud del saldo comercial responde también a otro factor: el estancamiento de las importaciones ante la falta de dinamismo económico , en particular de bienes intermedios, bienes de capital y sus piezas y accesorios.

Este comportamiento convive, sin embargo, con otras particularidades de la “escuela austríaca”: los bienes de consumo ganaron espacio hasta representar el 15% del total importado —la participación más elevada en el último cuarto de siglo, propiciada por el combo de apertura irrestricta y apreciación cambiaria—, mientras los vehículos automotores alcanzaron el 7%, en un contexto de caída de la producción nacional. Es decir, más allá de la atonía general, se registra un cambio en la composición de las importaciones , en el que se destacan los bienes finales o de consumo en detrimento de aquellos vinculados con la generación de valor agregado en el territorio nacional.

Descalabro De todas formas, por más robusto que sea el desempeño exportador y el saldo comercial, una certeza acecha al programa macroeconómico de Javier Milei: no hay dólares comerciales que compensen el descalabro de la gestión oficial. Aun con elevados ingresos de divisas por esa vía, el país sigue enfrentando fuertes presiones externas, derivadas del pago de intereses de deuda, la remisión de utilidades al exterior, la dolarización de carteras y otros compromisos financieros.

Como advierte el informe sobre el sector externo del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía , entre noviembre de 2023 y julio de 2026 la economía real generó un excedente comercial neto de 59.200 millones de dólares , mientras que la economía financiera consumió 90.900 millones . La diferencia se cubrió con más deuda, la asistencia del Tesoro de Estados Unidos, el blanqueo y otros mecanismos .

Aquí no hay nada nuevo bajo el sol: se trata de un modelo de valorización financiera y endeudamiento que ya se aplicó varias veces en nuestro país, con resultados tan dañinos como esperables. Bajo este esquema, no es posible capitalizar en todo su potencial el incremento de las ventas externas, aun cuando ese aumento se produce en un escenario internacional en plena transformación, que ofrece una valiosa oportunidad .

El orden mundial que rigió durante décadas, con Estados Unidos como hegemón indiscutido y su batería de políticas de liberalización, apertura y desregulación, ya no está en pie, y hoy existe mayor espacio para aplicar políticas de impulso al desarrollo nacional , con un grado de permisividad impensado años atrás. Nuevo mundo El ascenso de Asia y el declive relativo del eje atlántico, la revolución tecnológica, la transición energética, la reconfiguración de las cadenas de suministro y la propia reestructuración de la globalización forman parte de un tránsito hacia un nuevo mundo todavía incierto , donde sobresale la demanda de un conjunto de recursos que la Argentina posee, en mayor o menor medida.

Nos referimos particularmente a la tríada de energía, alimentos y minerales , que abre una posibilidad impensada algunas décadas atrás. A esto se suman las capacidades científicas, tecnológicas y productivas —todavía existentes— acumuladas durante generaciones, complemento esencial para sustentar un proyecto de desarrollo. No se trata de un dato menor: son pocos los países periféricos que disponen de condiciones similares.

Pero entre la oportunidad y su concreción nos encontramos atascados en el laberinto libertario , con su agenda de subordinación y entrega que dilapida capacidades y aplica un paquete de políticas como si aún estuviéramos en 1991, en los albores del unipolarismo y bajo el recetario neoliberal de aquella época. Ese accionar, disociado de los tiempos actuales y más aún de los intereses nacionales, le hace perder al país un tiempo valioso y lo deja en una posición desventajosa y vulnerable frente a la economía global.

Por tal motivo, el reto para la Argentina poslibertaria será tan espinoso como urgente: además de reconstruir el país, será indispensable ejecutar una estrategia nacional de desarrollo que no solo aproveche la demanda creciente sobre los recursos disponibles, sino que impulse también un modelo que complejice nuestra estructura económica. Para ello, las lecciones internacionales constituyen una referencia ineludible acerca del camino a seguir.

Los países que lograron transformar sus recursos naturales en prosperidad duradera fueron aquellos que —planificación mediante y con cierto grado de estabilidad macroeconómica— convirtieron esas rentas en mayor conocimiento y capacidades . Lo hicieron mediante una arquitectura institucional diseñada para tal fin, articulando la ciencia y la tecnología con la producción, desarrollando proveedores locales , propiciando la transferencia de tecnología, orientando el crédito hacia sectores estratégicos, invirtiendo en infraestructura y logística, y fortaleciendo el sistema educativo.

Cabe advertir que ningún caso exitoso contempla la peculiar combinación de políticas libertarias: ajuste y destrucción de capacidades, desfinanciamiento del sistema científico y tecnológico, recorte de los recursos destinados a las universidades, paralización de las obras de infraestructura, entrega de nuestros recursos y renuncia a una política exterior soberana. Los resultados del experimento, por más que el presidente afirme que “los indicadores están arrojando cualquier cosa”, son contundentes: caída de la producción manufacturera, del comercio y de la construcción; cierre de empresas ; baja de salarios e ingresos; incremento del desempleo y la pobreza; y descenso de la inversión.

En suma, un país menos desarrollado y más desigual. También resultan cantos de sirena las recetas neoextractivistas que sugieren que la “ abundancia de recursos permitiría, en sí, mejorar sostenidamente la calidad de vida en la Argentina ”.

Incluso con proyecciones muy optimistas sobre la evolución de las ventas externas de la próxima década, las exportaciones per cápita de commodities basados en recursos naturales de la Argentina representarían apenas una cuarta parte de las de Australia o la décima parte de las de Noruega. Dicho de otro modo, aun en el mejor escenario, la dotación de recursos por habitante no alcanza para replicar los niveles de ingresos de las economías que suelen invocarse como ejemplo a seguir, y que además cuentan con instituciones, capacidades tecnológicas y estructuras productivas muy distintas de las nuestras, tras décadas de políticas activas.

Aunque el presente pueda resultar lúgubre, sería un error perder de vista que la Argentina tiene ante sí una oportunidad excepcional . En un mundo atravesado por una profunda reconfiguración geopolítica, tecnológica y productiva, nuestro país dispone de recursos cuya demanda crecerá en los próximos años y, al mismo tiempo, de capacidades que pocos países de la periferia han logrado reunir. El desafío consiste en transformar esas ventajas potenciales en las bases de un proceso sostenido de desarrollo.

Es por ello que en 2027 estará en juego mucho más que una elección presidencial: salir del laberinto libertario requerirá voluntad política , pero también la capacidad de reconstruir un horizonte en el que los recursos nacionales no sean concebidos como una mera fuente de rentas, sino como instrumentos al servicio del trabajo, la producción y el bienestar de las mayorías. Juan Manuel Padín es Doctor en Desarrollo Económico

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