Se conocieron mientras trabajaban y llevan casi tres años juntos. La diferencia de edad generó conflictos con parte de la familia de ella, pero aseguran que encontraron en el otro una conexión que nunca habían tenido con otras personas.
Pamela y Tomás se conocieron trabajando. Durante un año compartieron el mismo espacio, las mismas jornadas y esas conversaciones que aparecen casi sin buscarlas cuando dos personas pasan muchas horas juntas.
Ella tenía 39 años. Él, 19. Hoy tienen 42 y 22 , llevan casi tres años en pareja y viven juntos en Chapadmalal. En redes sociales, algunos los llaman “rebeldes”.
Para ellos, simplemente son una pareja.
“Nos llevamos 20 años de diferencia”, cuentan a TN. Y enseguida aparece una frase de Pamela que resume buena parte de lo que sienten: “Para mí la edad es un número”. Leé también: Ella tiene 22 y él 57: se conocieron bailando folclore, enfrentaron los prejuicios de un pueblo y ahora sueñan con tener un hijo Pamela asegura que nunca había tenido una conexión como la que encontró con Tomás.
Lo que más la enamoró de él fue algo que, en principio, no esperaba encontrar en alguien tan joven.
“Es muy seguro de sí mismo, muy detallista, muy protector, serio. Por su edad, bastante serio. Y me cuida mucho”, cuenta. Tomás, en cambio, habla de ella desde otro lugar.
Dice que lo conquistó su manera de acompañarlo y de mirar siempre hacia adelante.
“Es una persona que no para, no te deja que te sientas mal por nada, es muy compañera. Le gusta casi todo lo mismo que a mí, como viajar, y coincidimos en muchas cosas”, explica. Después la describe sin vueltas: “Es la persona más maravillosa que yo conocí”. El amor entre ellos no nació sin obstáculos.
Durante los primeros meses, Pamela sentía que la diferencia de edad estaba presente cada vez que salían juntos. Una mirada en la calle, una foto en un restaurante o simplemente caminar de la mano podían convertirse en situaciones incómodas.
“Al principio sí me importaba”, reconoce. Si Tomás intentaba tomarla de la mano, ella se la soltaba.
“Él me agarraba la mano y yo se la sacaba”, recuerda entre risas. La escena se repetía incluso en lugares tan cotidianos como un shopping .
“Yo iba lleno de bolsas y le pedía la mano. Se la agarraba cinco segundos, miraba a la gente y me hacía así”, cuenta Tomás, imitando el gesto de Pamela cuando advertía que alguien podía estar observándolos. Ella tampoco quería sacarse fotos juntos en un restaurante. Se sentía observada, incómoda, insegura.
“No podía disfrutar” , reconoce. Tomás fue quien empezó a ayudarla a atravesar esa sensación.
“Me daba seguridad”, dice Pamela. Y agrega que él fue clave para dejar de pensar en las miradas ajenas: “Me daba seguridad, me sentía muy observada”.
Sin embargo, con el tiempo, algo cambió. Una mudanza y una vida sin prejuicios El cambio fue radical cuando decidieron dónde vivir juntos. Los dos son rosarinos, pero se mudaron a la costa y encontraron en Chapadmalal una vida mucho más alejada de las miradas que antes los condicionaban.
“Acá nos lo tomamos como que somos una pareja normal y todo el mundo está en la suya. Nadie te mira”, cuentan. Y esa sensación les permitió empezar a vivir el vínculo de otra manera: sin esconderse, sin pensar quién los está mirando y sin preguntarse qué podría estar pensando el resto. Ahora hacen prácticamente todo juntos.
Trabajan en el mismo negocio, pasan buena parte del día uno al lado del otro y regresan vuelven al mismo hogar.
“Estamos trabajando todo el día y vivimos juntos”, cuentan. Lejos de sentir que esa convivencia los desgasta, aseguran que es justamente una de las cosas que más disfrutan.
“Lo más lindo de la relación es que nos llevamos divinamente, no hay pelea”, dice Pamela. Viajar también ocupa un lugar importante en esa vida compartida. Les gusta conocer lugares, hacer planes y, sobre todo, sentir que pueden hacerlo juntos.
“Nos gusta viajar por todos lados y amamos cómo somos. Somos reales ”, dicen. La familia de Pamela no aceptó la relación Pero mientras ellos encontraron tranquilidad en la costa, hubo vínculos que quedaron lastimados por la relación. Pamela tiene dos hijas mayores y cuenta que ellas no aceptaron que estuviera con un hombre 20 años menor.
“Mis dos hijas ya mayores no me hablan por esto, por mi relación con Tommy”, relata. También tiene una nieta a la que, según cuenta, tampoco puede ver.
“ Tengo una nietita también que tampoco me dejan verla. Pero bueno, espero que en algún momento lo superen”. Del lado de Tomás, la historia fue diferente. Su familia conocía a Pamela antes de que comenzaran la relación y, según cuenta, la aceptó desde el primer momento.
“Mi familia la aceptó en el primer momento porque ya la conocían como persona. No me juzgaron, mis amigos tampoco me juzgaron”, explica. Incluso sus amigos le preguntaban qué sentía al estar en pareja con una mujer mayor. Su respuesta siempre fue la misma: “Se sentía normal, se siente normal”.
Y esa es, justamente, la manera en la que ambos describen lo que tienen. Para Pamela, Tomás es mucho más maduro de lo que podría indicar su edad. Para él, la diferencia de 20 años dejó de ser un dato relevante desde el momento en que se enamoraron.
Leé también: Ella tiene 64 años, él 38 y desafiaron a toda una hinchada para defender su pareja: “Hacemos el amor todas las noches” “Yo no noto la diferencia de edad” , afirma Tomás.
“Tenemos cosas en común. Yo la amo a ella como es, la pasamos genial y es lo que elegí”. Pamela coincide.
“Tenemos una conexión que no me pasó con nadie”, asegura. Después vuelve sobre una idea que, para ellos, terminó convirtiéndose en la explicación más sencilla de una historia que para otros todavía necesita explicaciones: “Para mí la edad es un número”. En Chapadmalal construyeron una rutina que ya sienten propia: trabajan juntos, viven juntos, viajan cuando pueden y salen a caminar sin darle importancia a las miradas.
Con el tiempo, aprendieron a dejar atrás las explicaciones y a vivir su relación a su manera.
“Nos amamos como somos” , dicen. Y quizás esa sea la parte más sencilla —y también la más difícil de explicar— de su historia.
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