El 37% de los jóvenes no logra irse a vivir solo y el 15% volvió a la casa de sus padres luego de haberse independizado

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El 37% de los jóvenes no logra irse a vivir solo y el 15% volvió a la casa de sus padres luego de haberse independizado
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Tienen entre 25 y 35 años y forman parte de la llamada “generación boomerang”. El trasfondo no es solo un problema de costo del alquiler, sino una cuestión de sostenibilidad económica que redefine los tiempos y las formas en que construyen su adultez.

Martín tiene 28 años, un trabajo registrado en un comercio mayorista y una habitación en la casa de sus padres que todavía conserva restos de la adolescencia.

Todos los meses hace el mismo cálculo : cuánto le queda del sueldo después de los gastos fijos, cuánto necesitaría para alquilar algo cerca del trabajo, y cuánto de eso podría sostener realmente sin resignar todo lo demás. La cuenta rara vez cierra del todo, así que la decisión se posterga un mes más. Esa escena se repite, con variaciones, en 2,5 millones de hogares argentinos .

Es la cantidad de jóvenes de entre 25 y 35 años que no lograron emanciparse, según el primer informe del Observatorio Federal de Acceso a la Vivienda Argentina , publicado este mes: el 37% de ese grupo etario. El déficit habitacional entre los hogares encabezados por jóvenes de esa franja llega al 52%, muy por encima del promedio nacional del 40%, y casi la mitad de los no emancipados, 1,2 millones de personas, convive además en hogares con algún tipo de carencia.

El propio organismo calcula que, si esa demanda se activara, harían falta como mínimo 500.000 viviendas nuevas para absorberla . Lee también: Martín Álvarez, economista: “El 44% de los jóvenes sigue viviendo con sus padres, independizarse cuesta $1.320.000″ Un relevamiento del Centro de Investigaciones Sociales de la UADE, publicado en julio, aporta otra dimensión del mismo fenómeno: el 44% de los jóvenes vive hoy con su madre o su padre, y la canasta de emancipación , el conjunto mínimo de gastos que exige vivir en forma independiente, asciende a $1.321.651 mensuales, un 47% por encima del salario promedio joven.

La edad mediana de emancipación en el país es de 28,1 años. El mismo estudio identificó, además, que el 15% de los encuestados volvió a vivir con sus padres después de haber vivido de manera independiente, principalmente por: Haber regresado del exterior Una separación o divorcio El aumento de los costos habitacionales “La salida de la casa familiar estuvo durante mucho tiempo asociada, casi naturalmente, al ingreso a la adultez.

Hoy, para muchos jóvenes, ese paso se convirtió en una verdadera proeza económica ”, resume Juana Jurado, investigadora en Psicología de la UADE y una de las autoras del estudio. Sostenibilidad, no solo posibilidad Matías Araujo, investigador de la Fundación Tejido Urbano, propone matizar incluso la etiqueta que le da título a este fenómeno.

“Yo sería cuidadoso con el concepto de generación boomerang. Como imagen funciona, pero puede llevarnos a pensar que estamos frente a una característica particular de los jóvenes actuales ”, plantea. En sentido estricto, señala, el boomerang sería quien logró irse del hogar familiar y después volvió, mientras que lo que la fundación observa es algo más amplio: jóvenes de entre 25 y 35 años que siguen viviendo con sus padres o abuelos, independientemente de si alguna vez llegaron a emanciparse.

En su propia medición, correspondiente al primer trimestre de 2026, casi 1,95 millones de jóvenes de esa franja etaria no estaban emancipados, el 39,7% del total, una persistencia que Araujo prefiere leer como estructural antes que generacional. De ahí surge una distinción que atraviesa todo su trabajo: una cosa es que una decisión residencial sea posible y otra que sea sostenible .

“La pregunta tradicional sobre vivienda suele ser cuánto representa un alquiler sobre el ingreso. Nosotros quisimos ir un paso más allá: después de pagar ese alquiler, ¿qué capacidad económica le queda a esa persona para alimentarse, transportarse, estudiar, ahorrar o enfrentar una contingencia? ”, explica.

El hallazgo más significativo de ese ejercicio es que el indicador de sostenibilidad se adelanta al comportamiento de la emancipación: en el tercer trimestre de 2024, la proporción de jóvenes cuya decisión residencial podía considerarse sostenible cayó a 36,8%, el valor más bajo de la serie , y recién en el trimestre siguiente la no emancipación alcanzó su máximo.

“Antes de que una persona efectivamente deje de emanciparse, primero se deterioran las condiciones económicas que hacen sostenible esa decisión”, sintetiza. Esa geografía económica no es uniforme . Mientras en el NOA el 53,7% de los jóvenes no está emancipado y en Tucumán la proporción llega al 48,5%, en la región Pampeana baja al 32% y en Patagonia al 30%; CABA se ubica en 26,2%.

La brecha se explica, en parte, por el mercado laboral: entre los jóvenes emancipados la tasa de actividad llega al 83% y la desocupación es del 4,2%, mientras que entre los no emancipados la actividad baja al 77% y la desocupación trepa al 13,9%. También se explica por el ingreso: un joven emancipado percibe en promedio unos $1.033.000 mensuales, frente a alrededor de $586.000 entre los no emancipados.

Para Araujo, el mecanismo que permite absorber esa diferencia es el que la fundación resume como “ comerse las joyas de la abuela ”: no solo la venta de una propiedad heredada, sino todos los recursos acumulados por generaciones anteriores -una habitación disponible, ahorros, garantías, cuidados- que compensan lo que el ingreso corriente ya no alcanza a resolver.

“La familia termina funcionando como una especie de seguro frente a la inestabilidad del trabajo, del crédito y de la vivienda” , señala, y advierte sobre el riesgo de confundir esa capacidad de amortiguación con un sistema que funciona: “El joven no aparece como pobre porque vive en un hogar que lo sostiene; tampoco aparece como demanda habitacional porque todavía no puede convertirse en demanda efectiva. La necesidad existe, pero permanece contenida dentro del hogar familiar ”.

Esa lectura, señala Araujo, suele mirarse desde un solo lado: si el joven puede o no sostener el costo de irse . Pero los hogares no funcionan como individuos aislados, sino como unidades económicas y redes de cuidado.

“En muchos hogares, que un joven siga viviendo con sus padres no significa solamente que ese joven depende de la familia. A veces la familia también depende de él”, explica, ya sea de su aporte al presupuesto o de tareas como cuidar hermanos menores o adultos mayores.

De ahí surge una pregunta que, sostiene, falta hacerse: no solo si ese joven puede sostener económicamente irse, sino si el hogar que deja puede sostener que se vaya, porque una emancipación puede terminar produciendo dos hogares vulnerables donde antes había uno relativamente sostenible . Araujo extiende ese diagnóstico hacia el otro extremo del circuito habitacional, el del financiamiento, donde identifica a lo que llama “los exiliados del crédito”: familias que podrían pagar una cuota y aun así no acceden a un préstamo , porque el sistema termina seleccionando una determinada biografía económica antes que la capacidad de pago real.

Es una discusión, aclara, que excede la escala de esta nota y que remite al problema más amplio de cómo se financia y se construye la vivienda en la Argentina. El capital simbólico de quedarse Consultada sobre por qué, más allá de lo económico, algunos jóvenes parecen elegir permanecer en la casa familiar, Jurado matiza la lectura basada exclusivamente en la comodidad.

“ El deseo de independizarse sigue presente para esta generación . De hecho, nuestro estudio muestra que el 58% de quienes viven con sus padres manifestó su intención de mudarse.

Sin embargo, concretarlo depende cada vez menos de animarse y cada vez más de que el sueldo alcance”, señala. El resto se reparte entre un 21% que manifiesta dudas sobre mudarse y otro 21% que directamente no lo planea, y dentro de las barreras declaradas, solo un 15% dijo específicamente que no quería resignar su nivel de vida, un dato que existe, pero que, aclara, no explica el fenómeno en su conjunto.

Lo que sí describe Jurado es un desplazamiento: cuando el proyecto de irse a vivir solo queda fuera de alcance, los recursos empiezan a destinarse a otras dimensiones de la vida sobre las que todavía es posible decidir.

“Formación, tecnología, salidas, viajes, vida social o determinadas experiencias. No necesariamente porque los jóvenes las prefieran a independizarse, sino porque son proyectos alcanzables dentro de un escenario en el que sostener una vivienda todos los meses puede no serlo”, explica. Esos consumos, agrega, funcionan como formas parciales de autonomía: “Cuando la autonomía residencial no puede concretarse, la necesidad de independencia no desaparece: se desplaza hacia otros ámbitos de la vida ”.

El resultado, sostiene, es una adultez con nuevas formas y nuevos tiempos, jóvenes que son adultos en muchas dimensiones de su vida mientras continúan dependiendo del hogar familiar en lo habitacional, algo que conviene no confundir automáticamente con inmadurez. Lee también: El costo de vivir solo: se necesitan más de $1.300.000 y complica la independencia de muchos jóvenes Esa ambivalencia tiene también una cara emocional que el propio estudio de la UADE cuantificó: un 54% de quienes viven con sus padres identifica aspectos positivos en esa convivencia -tranquilidad, ahorro, menos estrés cotidiano-, mientras que un 14% señala frustración por no independizarse y un 13% percibe estancamiento.

“ A simple vista parece una contradicción, pero ambas experiencias conviven . Un joven puede valorar la tranquilidad, la contención o el ahorro que encuentra en el hogar familiar y, al mismo tiempo, experimentar frustración porque su realidad económica posterga un proyecto de independencia que desea concretar”, explica Jurado.

Cuando la convivencia funciona, agrega, el costo emocional de quedarse es menor y la salida deja de vivirse como una urgencia, a diferencia de lo que ocurría bajo modelos familiares más rígidos.

“La emancipación sigue siendo un horizonte, pero dejó de responder a una edad o a un recorrido preestablecido . Hoy se construye a partir de una combinación mucho más compleja de ingresos, dinámica familiar, expectativas personales y capacidad real de sostener un hogar propio”, concluye.

Ese cruce entre autonomía y dependencia también aparece cuantificado en el propio estudio de la UADE: dos de cada tres jóvenes que conviven con sus padres se identifican, total o parcialmente, con la frase “ soy adulto/a, decido como adulto/a, pero en casa mantengo hábitos de adolescente ”.

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