Dar cuenta de la Economía Política de lo irracional

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Dar cuenta de la Economía Política de lo irracional
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Una sociedad no cambia solamente porque alguien demuestre que una política es equivocada. La reconstrucción democrática dependerá de la capacidad para ofrecer un futuro que no necesite alimentarse del resentimiento.

En la tradición del pensamiento político y económico, el supuesto fundacional sobre el cual se estructura todo el andamiaje teórico considera la existencia de actores racionales .

De esta manera, la teoría asume que los individuos y luego las sociedades toman sus decisiones mediante un cálculo reflexivo de costes, beneficios, utilidad y bienestar a largo plazo. Desde esta perspectiva, la democracia se encuentra estructurada a partir de ciudadanos capaces de comparar propuestas, conocer sus preferencias, evaluar resultados y corregir mediante el voto los errores de sus gobernantes.

Sin embargo, esta imagen racional del comportamiento político resulta insuficiente y particularmente inexacta para comprender el momento histórico que atravesamos. En tal sentido, para un mejor abordaje de los mecanismos operativos en la economía política actual, la filosofía de Arthur Schopenhauer , quien desmanteló la ilusión ilustrada de que el mundo se rige por la razón, resulta una herramienta sumamente potente.

Para Schopenhauer , detrás de todo lo que existe no se encuentra la razón, ni Dios, ni una armonía racional del universo, sino una fuerza impetuosa, primaria e inagotable a la que llamó voluntad . Esta voluntad constituye la esencia más profunda de la realidad y se manifiesta en todos los seres vivos y en todos los fenómenos de la naturaleza.

No es una facultad consciente ni una decisión racional, es un impulso ciego que empuja constantemente a existir , crecer, reproducirse y perseverar en la existencia. De esta forma, la conciencia y el discurso intelectual son simplemente la superficie con la que intentamos justificar a posteriori impulsos que emanan de un lugar mucho más visceral.

Si aplicamos esta perspectiva a la economía política, descubrimos que los ciclos sociales no responden a debates de alto voltaje técnico sobre agregados monetarios o curvas de rendimiento, sino a pasiones colectivas como el cansancio, el enojo, la frustración, el miedo, la angustia, la esperanza o la necesidad de pertenecer. Trasladada al terreno político, esta concepción permite afirmar que las sociedades no eligen solamente programas de gobierno. También eligen relatos capaces de organizar emocionalmente una experiencia colectiva.

La voluntad política no siempre busca aquello que objetivamente mejora las condiciones de vida. En determinados momentos puede buscar una ruptura, una venganza simbólica o una demostración de fuerza.

Cuando una sociedad ha vivido durante años bajo la inflación, la incertidumbre económica, el deterioro de los ingresos y la pérdida de confianza en las instituciones, la elección electoral puede dejar de ser un procedimiento destinado a encontrar la propuesta más eficaz y convertirse en un mero acto de rechazo contra lo establecido. El caso Milei Desde esta perspectiva, el ascenso del gobierno de Javier Milei no puede explicarse únicamente como el resultado de una adhesión racional a un conjunto de ideas económicas.

Tampoco puede reducirse a la ignorancia de los votantes ni a una gran manipulación colectiva. Su aparición debe comprenderse como la expresión política de un malestar acumulado durante muchos años . La inflación, la pérdida del poder adquisitivo, la precariedad laboral, la imposibilidad de ahorrar y la percepción de que una parte de la dirigencia permanecía aislada de los problemas cotidianos produjeron algo más profundo que una crisis económica. Generaron una experiencia social de frustración, humillación e impotencia.

El voto de ruptura puede interpretarse, entonces, como la manifestación de una voluntad que desea interrumpir un orden que se tornó intolerable. En ese contexto, la incertidumbre ofrecida por una alternativa novedosa presentada hasta el hartazgo por los medios de comunicación hegemónicos como necesaria y superadora resultó preferible a la certeza de una continuidad que se asociaba con el fracaso . El ciudadano no necesariamente elige aquello que sabe que funcionará mejor.

Puede elegir aquello que parece capaz de castigar con mayor intensidad a los responsables del pasado. La voluntad se orienta así hacia la negación antes que hacia la construcción. No se buscó en este caso la construcción de una sociedad claramente definida, sino la destrucción simbólica del orden anterior. Dimensión emotiva Esta lectura no significa que los individuos sean incapaces de razonar ni que las decisiones democráticas carezcan de valor.

Significa que la razón opera dentro de una trama de emociones, recuerdos y experiencias materiales. Las personas interpretan la realidad desde el lugar que ocupan en la sociedad y desde el sufrimiento que han acumulado. Una explicación económica puede ser técnicamente correcta y, sin embargo, carecer de eficacia política si no reconoce esa dimensión emotiva . Quien ha visto a sus condiciones de vida deteriorarse durante años, no demanda una descripción técnica del modelo productivo.

Exige en ultima instancia que su padecimiento sea reconocido y que alguien asuma la responsabilidad por lo ocurrido. Este punto permite comprender una de las principales debilidades de las fuerzas opositoras al gobierno. Con frecuencia se supone que basta con señalar las contradicciones de una política económica para que la sociedad abandone su apoyo.

Se presentan estadísticas, se denuncian inconsistencias y se advierten los costos de determinadas medidas, bajo la expectativa de que la exposición racional de los hechos produzca automáticamente un cambio político. Sin embargo, cuando una identidad se encuentra sostenida por emociones intensas, las refutaciones lógicas pueden resultar insuficientes. Incluso pueden reforzar la adhesión cuestionada si provienen de dirigentes o instituciones asociados con el fracaso anterior. El discurso necesita condiciones sociales y emocionales para ser escuchado.

Cuando la confianza desaparece, hasta el conocimiento técnicamente fundado puede ser interpretado como una forma de manipulación. Si una institución perdió credibilidad, sus argumentos serán recibidos con sospecha, aunque sean correctos. El problema, por lo tanto, no consiste solamente en elaborar mejores explicaciones económicas. También es necesario reconstruir los vínculos sociales que vuelven posible la comunicación pública .

La razón política no circula en el vacío. Necesita instituciones creíbles, dirigentes capaces de reconocer errores y una ciudadanía que sienta que su experiencia es tomada en serio. Liderazgos Los liderazgos personalistas adquieren una fuerza especial cuando logran condensar emociones sociales dispersas. La personalidad del dirigente, su lenguaje, sus gestos y su manera de confrontar pueden funcionar como una representación teatral de la frustración colectiva.

La agresividad parece expresar la indignación de quienes no se sienten escuchados. Las afirmaciones categóricas ofrecen seguridad en una realidad dominada por la incertidumbre. Incluso aquello que desde una perspectiva institucional aparece como un exceso puede ser percibido por sus seguidores como una prueba de autenticidad. En tal sentido, el dirigente no crea por sí solo esas emociones.

Más bien las organiza, las representa y les proporciona una dirección política. La voluntad social existe antes de encontrar una figura que pueda encarnarla. Por eso, una crítica concentrada exclusivamente en la personalidad de Milei resulta insuficiente mientras permanezcan las condiciones económicas, sociales e institucionales que hicieron posible su ascenso. Schopenhauer colocó a la frustración en el centro de su filosofía .

Para él, la voluntad desea constantemente y nunca alcanza una satisfacción definitiva. Cada deseo satisfecho es reemplazado por otro, mientras que la imposibilidad de obtener aquello que se desea produce una profunda insatisfacción. Esta concepción puede trasladarse críticamente al terreno de la economía política.

Las sociedades contemporáneas prometen bienestar mediante el crecimiento, el consumo y la competencia, pero cuando esas promesas se incumplen durante un período prolongado, la frustración genera una lucha cada vez más agresiva entre individuos y grupos que intentan proteger posiciones amenazadas. En contextos de estancamiento, los sectores sociales pueden dejar de imaginar un progreso compartido y comenzar a disputarse recursos que perciben como escasos. De este modo, personas que comparten problemas semejantes terminan enfrentadas entre sí.

El sufrimiento, en lugar de traducirse en cooperación, se transforma en resentimiento y competencia. Desigualdad Una economía política influenciada por Schopenhauer debería preguntarse no solamente cómo se distribuyen el ingreso y la riqueza, sino también cómo se distribuyen la inseguridad, la frustración y la posibilidad de proyectar el futuro. Una sociedad profundamente desigual no es solo aquella en la que algunos poseen más recursos que otros.

También es aquella en la que ciertos grupos pueden planificar su vida mientras otros permanecen sometidos a la incertidumbre permanente. La desigualdad consiste tanto en la distribución del bienestar presente como en el acceso diferencial al futuro. Superar este momento aciago no significa regresar mecánicamente al orden anterior. Si ese orden produjo desilusión y pérdida de confianza, su restauración no puede presentarse como una respuesta suficiente.

La oposición al gobierno necesita reconocer las causas reales del enojo social y abandonar cualquier actitud de superioridad moral frente a quienes eligieron una ruptura. No todo apoyo a Milei nació de la ignorancia ni de la crueldad. En muchos casos surgió de experiencias concretas de deterioro, incumplimiento y abandono. Reconocer esas experiencias no obliga a aceptar todas las respuestas políticas construidas a partir de ellas.

Permite comprender el problema en lugar de limitarse a condenar sus manifestaciones. La reconstrucción democrática exige, en primer lugar, que el Estado recupere su capacidad para resolver problemas. La defensa abstracta de lo público pierde fuerza cuando las personas encuentran trámites interminables, servicios deficientes, instituciones ineficaces o privilegios injustificados. Una alternativa política necesita combinar justicia social con capacidad administrativa, profesionalización, transparencia y evaluación de resultados.

La igualdad sin eficiencia pierde credibilidad, pero la eficiencia sin equidad puede convertirse en una técnica puesta al servicio de quienes ya concentran el poder económico. También resulta indispensable reconocer que la inflación y la inestabilidad no son preocupaciones secundarias. Desorganizan la vida cotidiana, castigan a quienes poseen menos recursos y destruyen la posibilidad de planificar. Una propuesta democrática no puede relativizar la importancia del equilibrio económico ni considerar que cualquier desequilibrio puede resolverse mediante discursos voluntaristas.

Sin embargo, tampoco debe aceptar que la estabilidad justifique cualquier costo social. El verdadero desafío consiste en construir un orden económico sostenible sin convertir a los trabajadores, los jubilados y los sectores vulnerables en las únicas variables del ajuste. Esto requiere una política fiscal responsable, un sistema tributario progresivo, una estrategia productiva, instituciones monetarias creíbles y mecanismos democráticos para organizar el conflicto distributivo. Este proceso también demanda un lenguaje político diferente.

No es posible reconstruir la democracia adoptando la misma lógica de agresión que se pretende cuestionar. Si toda diferencia se interpreta como una traición y todo adversario es convertido en enemigo, la sociedad permanece atrapada en una voluntad de destrucción. Construir una alternativa no significa negar el conflicto ni disimular las desigualdades. Significa reconocer que incluso las disputas más intensas necesitan límites compartidos y que ninguna victoria política justifica la degradación permanente del otro.

Los sistemas colectivos de protección no son concesiones otorgadas generosamente por algunos ciudadanos a otros. Son formas racionales, sustentables y solidarias de organizar una interdependencia que ya existe. La educación pública, la seguridad social, la salud, la estabilidad monetaria y la protección frente a riesgos económicos expresan la conciencia de que la libertad individual depende de condiciones colectivas. Nadie puede realizar plenamente su proyecto de vida en una sociedad dominada por el miedo , la desigualdad y la incertidumbre permanente.

Schopenhauer no ofrece una filosofía optimista de la historia. Su pensamiento impide suponer que las sociedades avanzan necesariamente hacia formas superiores de libertad y justicia. Cada conquista puede perderse, cada derecho puede retroceder y cada institución puede degradarse.

Sin embargo, ese pesimismo también contiene una enseñanza valiosa. Si el progreso no está garantizado, la democracia debe ser defendida y reconstruida mediante prácticas concretas . No alcanza con confiar en la racionalidad espontánea de los ciudadanos, en la benevolencia de los mercados o en la permanencia automática de los derechos. La salida de esta crisis exige comprender los deseos y temores que existen debajo de los discursos políticos.

También requiere instituciones capaces de limitar la concentración del poder, garantizar la estabilidad económica, proteger a quienes sufren y reconstruir una expectativa compartida de futuro. Alternativa creíble Este momento no se superará esperando que la razón derrote por sí sola a la irracionalidad. La tarea consiste en crear las condiciones materiales, sociales y afectivas para que las personas no necesiten encontrar esperanza en la destrucción.

La alternativa democrática no puede limitarse a prometer que todo volverá a ser como antes, porque una parte significativa de la sociedad ya rechazó ese pasado. Debe ofrecer una forma distinta de estabilidad, una idea de orden que no se confunda con la resignación y una concepción de la libertad que no abandone a cada individuo frente a fuerzas económicas que no puede controlar.

La verdadera superación comenzará cuando la frustración pueda transformarse en cooperación, cuando el enojo se convierta en demanda de igualdad y eficiencia, y cuando la crítica deje de ser una denuncia impotente para convertirse en una alternativa creíble. La filosofía de Schopenhauer permite comprender que la política nunca es exclusivamente racional, pero esto no significa que estemos condenados a la irracionalidad.

Significa que la razón debe aprender a dialogar con la frustración , con el deseo y con las emociones colectivas. Una sociedad no cambia solamente porque alguien demuestre que una política es equivocada. La reconstrucción democrática dependerá, finalmente, de la capacidad para ofrecer un futuro que no necesite alimentarse del resentimiento y que pueda transformar la vulnerabilidad compartida en una nueva forma de comunidad organizada.

Para construir un futuro próspero, no debemos esperar que los seres humanos se comporten como computadoras racionales, sino que debemos diseñar un orden institucional que reconozca nuestras pasiones, mitigue nuestros sesgos y encauce en definitiva la energía colectiva hacia el bienestar común. Pablo Caramelo es economista . @caramelo_pablo

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