Integró durante décadas el Equipo Argentino de Antropología Forense y trabajó en misiones en distintos países. Hoy es una de las protagonistas de la investigación en la Loma del Torito, en La Perla.
–¿Cuándo sentiste que la antropología forense iba a ser tu camino? –Cuando estudiaba en la universidad. Darío Olmo, que era compañero mío y miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense, me invitó a trabajar en excavaciones en las fosas comunes del Cementerio de Avellaneda.
Yo estaba definiendo mi especialización dentro de la antropología. Había trabajado en arqueología tradicional, pero cuando conocí el trabajo del Eaaf entendí que lo que aprendía en la facultad tenía una aplicación directa para ayudar a la gente y a la sociedad. Empecé como estudiante, participando en excavaciones, y con el tiempo me incorporé al equipo. –Porque cuando encontrás los restos de una persona desaparecida y lográs identificarla, les devolvés una verdad a sus familiares.
No son solamente huesos: se les devuelve una historia que les fue arrebatada y la posibilidad de hacer un duelo. Además, toda esa información puede servir a la Justicia. Cuando encontramos restos con evidencias de ejecución y enterramiento clandestino, esa prueba física es irrefutable. Tiene consecuencias para las familias, pero también para la sociedad, porque ayuda a reconstruir lo que ocurrió.
–No sé si me corresponde responderlo. Lo que vi es que hubo momentos con mayor compromiso institucional para investigar y otros en los que las causas estuvieron prácticamente detenidas. Nosotros nunca dejamos de trabajar. A veces lo hacíamos como peritos de parte para lograr identificaciones.
Lo importante es entender que identificar a los muertos es una obligación del Estado. –¿Qué encuentran cuando en una fosa común pasaron décadas desde los enterramientos? –Depende de muchos factores, pero generalmente hallamos restos óseos. En algunos casos también aparecen fragmentos de ropa, objetos metálicos, proyectiles, anillos o elementos personales que aportan información sobre la identidad o sobre las circunstancias de la muerte.
–Obtenemos ADN de los restos, pero eso no alcanza. Necesitamos muestras de sangre de familiares para realizar las comparaciones genéticas. Por eso siempre convocamos a quienes todavía no hayan dado muestras a que se acerquen al Eaaf o al Juzgado Federal N° 3 de Córdoba. –No. Muchas veces simplemente no saben que existe esa posibilidad o creen que, después de tantos años, ya no sirve.
También es importante que participen varios familiares porque eso facilita el trabajo de los genetistas. Incluso quienes dieron muestras hace muchos años deberían actualizar sus datos de contacto. –Exactamente. Trabajamos en la zona de la guarnición militar La Calera desde 2004.
A partir de testimonios y de una fotografía aérea de 1979 detectamos alteraciones en un sector llamado Loma del Torito. Allí encontramos evidencias de fosas que fueron removidas. Lo que aparece ahora son pequeños fragmentos óseos mezclados, porque las fosas fueron abiertas y vaciadas tiempo atrás. Todo eso está siendo analizado.
–Tuvimos que diseñar una metodología especial con maquinaria, zarandas y rastrillos para revisar enormes cantidades de tierra. Es un trabajo inmenso, pero necesario, porque cada fragmento puede corresponder a una persona. Sabemos que las tareas de excavación y de laboratorio van a continuar durante mucho tiempo. –Hay momentos de impotencia, claro, pero también impresiona la respuesta institucional.
El Juzgado Federal, la Provincia, la Municipalidad y la Universidad Nacional de Córdoba colaboran con recursos y personal. Hay una decisión colectiva de seguir investigando y dar respuestas. –Todavía no. Seguimos trabajando y no tenemos una estimación definitiva. –No. Las desapariciones ocurren en guerras y en contextos de violaciones a los derechos humanos, pero también en democracia.
En Córdoba existen personas desaparecidas en tiempos recientes y el Estado también tiene la obligación de buscarlas. En el Instituto de Medicina Forense contamos con una base de datos de restos no identificados y trabajamos para restituir identidades. En la restitución de los restos del Che Guevara, junto a integrantes del equipo que participó del trabajo forense. –Exacto.
Hay distintos organismos con información, pero no existe una base centralizada a nivel nacional. Eso dificulta algunas investigaciones. –Sí. Cuando se pierde información como huellas digitales o reconocimiento visual, es necesario recurrir a estudios odontológicos, antropológicos y genéticos.
Se han logrado avances importantes, pero todavía hay familias esperando respuestas. –Lo mismo que hacemos acá. El Eaaf desarrolló una metodología que combina investigación documental, excavación arqueológica y estudio de laboratorio. Con el tiempo participamos en misiones internacionales y en investigaciones impulsadas por fiscalías, comisiones especiales o Naciones Unidas.
–¿Hubo una época con mayor demanda de estas investigaciones? –Sí. Sobre todo en los años ´90 y principios de los 2000, cuando muchos países comenzaron a revisar hechos ocurridos durante la Guerra Fría o en conflictos internos. Participamos en investigaciones en América latina, África y Europa.
–Sí. La angustia de no saber qué pasó con un ser querido es la misma. Cambian las culturas y las formas de expresarlo, pero la necesidad de conocer la verdad y obtener justicia aparece en todos lados. –El Salvador.
Me tocó trabajar en sitios vinculados con la masacre de El Mozote y analizar restos de niños que habían sido ejecutados. Fue una experiencia muy fuerte. –Sí. Formé parte del equipo de búsqueda y participé en el hallazgo de uno de los guerrilleros que estaba con él.
Cuando encontraron los restos del Che yo estaba trabajando en el Congo. Nuestro planteo siempre fue que no había que buscar solamente al Che, sino también a los demás combatientes desaparecidos porque sus familias también esperaban respuestas. –¿Podés tomar distancia entre el trabajo científico y la tragedia que investigás? –Si pensás permanentemente en el horror, no podés trabajar.
Pero tampoco estudiamos objetos sin historia. Hay que mantener un equilibrio. Creo que podemos hacerlo porque trabajamos en equipo. Compartimos la responsabilidad y también las emociones.
Cuando una identificación se confirma, esa persona deja de ser un número y recupera su historia. Es un momento muy movilizante. –Cada familia lo vive de una manera distinta, pero generalmente existe una enorme necesidad de saber. Muchas veces la incertidumbre es lo más difícil de soportar.
–No. Pienso que nosotros ya no podemos cambiar lo que ocurrió. Lo que sí podemos hacer es aportar conocimiento para obtener verdad y justicia. Todo nuestro esfuerzo apunta a eso. –Es exactamente eso.
Reunimos información proveniente de sobrevivientes, familiares, expedientes, restos óseos y análisis genéticos. Vamos uniendo piezas hasta reconstruir una identidad. Lleva tiempo, pero cuando se logra es algo extraordinario. –De chica viviste en México.
¿Ahí nació tu interés por la arqueología? –Probablemente sí. Mi papá jugaba al fútbol en Pachuca y yo crecí rodeada de referencias a la historia y a las culturas prehispánicas. Eso despertó mi interés inicial por la arqueología.
–En 2003, durante las excavaciones en el Cementerio San Vicente. Vine a colaborar y me terminé quedando. –Tiene las posibilidades de una gran ciudad, pero también la naturaleza muy cerca. Eso es algo que valoro mucho.
–Con Mariana Fabra empezamos a trabajar juntas y advertimos que muchas veces aparecían restos óseos sin que existiera un procedimiento claro para analizarlos. Entonces desarrollamos un protocolo para la provincia que permite determinar si esos restos corresponden a poblaciones prehispánicas, contextos históricos o investigaciones judiciales. –Sí. Fue aprobado y se aplica desde 2010.
Cada vez que aparecen restos óseos en cualquier punto de Córdoba nos convocan para evaluarlos y establecer de qué se trata. –Seguramente trabajando. Pero más allá de lo personal, mi deseo es que el Servicio de Antropología continúe creciendo, que los logros institucionales perduren y que cada vez se comprenda mejor que los casos complejos se resuelven de manera interdisciplinaria, con el aporte de distintas especialidades. Anahí Ginarte es licenciada en Antropología, egresada de la Universidad Nacional de La Plata.
Integró el Equipo Argentino de Antropología Forense entre 1990 y 2017 y dirigió su oficina en Córdoba durante nueve años. Participó en exhumaciones e identificaciones en Argentina y en misiones en Bolivia, Bosnia, Croacia, Etiopía, Congo, Sudáfrica, El Salvador y otros países, incluso como experta forense de Naciones Unidas. Formó parte de la misión que buscó los restos del Che Guevara y de los demás guerrilleros desaparecidos en Bolivia.
Desde 2015 está al frente del Servicio de Antropología Forense del Instituto de Medicina Forense del Poder Judicial de Córdoba.
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